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Palestina de los Altos
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Historia, cultura, tradiciones, costumbres y recuerdos de un pueblo de Quetzaltenango, Guatemala.
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Cuento: Los coyotes de Palestina
La leyenda asegura que el coyote, "gana el valor"
Les ganó el valor, pero no tuvieron miedo...
Los dos caminaban sin despedir ni una palabra de sus bocas; de vez en vez, uno de ellos afinaba un leve silbido a modo de canción de moda. Con las manos entre las bolsas del pantalón, pasaron por la entrada del Cementerio General, viendo a su interior de reojo, como tratando de adivinar las figuras fantasmales que, según los abuelos, solían salir por las noches para merodear el pueblo. Nada. Silencio absoluto, roto solamente por las rápidas pisadas de los dos patojos que regresaban de entre las cumbres y montañas de El Carmen, después de una tarde de amoríos con pocas esperanzas de larga vida.
La niebla se había posado lentamente sobre las casas de adobe desde la tarde. Difusos reflejos de las luces amarillentas, tiritaban a lo lejos, casi en señal de bienvenida. En el último tramo para tomar la lodosa calle que les llevaría a cada uno a su casa, tuvieron la misma sensación: alguien ó ?algo?, les miraba fijamente. Apretaron el paso sin decir nada; en medio de la penumbra, se buscaban con la mirada y fingían no haberse dado cuenta de lo que imaginaban. Cuando por fin doblaron la última curva y su camino se iluminó con los primeros destellos de los focos públicos, sonrieron para sí. Con tal sincronía, voltearon hacia el viejo horno de pan de doña Tea y doña Trinis y confirmaron que ya habían terminado la faena diaria.
?¿Trajiste el ?cuto?, vos? ?preguntó Carlos, advirtiendo que sobre el puente de madera, había un perro sentado, como si estuviese esperándolos.
?No? Aunque sea terrones de barrial agarremos ?dijo Baldomero, al tiempo que rascaba en el paredón algunos trozos de tierra dura.
El animal despegó el trasero de los tablones de madera y se irguió como retando a los dos patojos. Ambos voltearon a verse y trataron de pronunciar una palabra. Sintieron que la lengua se había pegado irremediablemente al paladar.
Los pies de pronto, se volvieron de plomo. Los gritos que planearon se ahogaron entre el pecho y la garganta. Estáticos, veían los ojos rojos de la pequeña bestia que les veía inmutable, con curiosidad natural. Su pelaje, entre gris, colorado, amarillo y negro, de pronto se erizó. Estiró las patas delanteras para desperezarse hasta tocar el ápice de sus uñas delanteras con la punta del hocico. La panza rozó con elegancia la madera del puente y la cola se levantó como alabarda, doblándose lentamente hacia el espinazo.
Sus ojos, a pesar de la oscuridad, refulgían con displicencia? Los dos patojos permanecían inertes frente a aquel animal que parecía haberles ganado el valor. ¡De hecho, se los había ganado!
No era un chucho común y corriente. Tenía aires de majestuosidad, de solvencia y arraigo en aquellas tierras por entonces, olvidadas por los hombres. Ni la bestia ni los dos muchachos se movieron por algunos minutos que para Carlos y Baldomero, fueron intensas horas de terror provinciano. Fue, literalmente, pisar los bosques de la eternidad.
Los terrones de barro yacían hechos polvo a los pies de ambos. Tal fue la fuerza del miedo, que las manos se cerraron, partiendo los duros tiestos en partículas.
Las casas de don Fidel Monterroso, doña Tila y los ?Campero?, que recién habían instalado un molino de nixtamal, se veían tan distantes como las intenciones del raro ?perro? de hacerse a un lado del camino de aquellos dos enamorados furtivos. El silencio a las nueve de la noche en Palestina de los Altos, era común. Pero esa noche, pareció haber tomado a todos por completo. A un lado, la tienda de doña Trinis, acusaba algunas luces, pese a estar ya cerrada. Pero ninguna voz que diera a los dos patojos una esperanza de sobrevivir al terror de estar? ¿Frente al Cadejo?
El animal caminó unos pasos hacia sus improvisados acompañantes y se detuvo frente a ellos, observándolos con curiosidad. Se dio la vuelta y empezó a trotar hasta las piedras del río, rumbo a las cataratas del río.
Como si un pesado costal de mazorcas hubieran quitado de los hombros de aquellos patojos, éstos sintieron un alivio profundo. Y de las casas cercanas, salían voces, risas y susurros, como si de pronto, todos hubiesen despertado al mismo tiempo.
?¿¡Qué putas era eso, vos? ?preguntó Baldomero con las piernas bailando a solas y las manos echas un cubo de hielo.
?Era el Cadejo, vos? ¿Viste sus ojos? ¡Estaban rojos!, ?afirmó Carlos, disimulando el temblor de piernas.
?¿No era el chucho de doña Chaga y don Tino?
?¡No! Estoy seguro que era el Cadejo.
?Pero el Cadejo solo se le aparece a los bolos y nosotros, ¡no venimos a pija!
?Ahorita no, pero al rato sí, porque nos vamos a la cantina de doña Geny a echarnos unas ?Inditas? para que se nos pase el susto ?sentenció Carlos, ya repuesto de aquella espeluznante escena.
Los dos siguieron su camino, ahora hablando hasta por los codos. Discurrían sobre aquel extraño chucho que los paralizó, como decían, paralizaba la Llorona, el Juan No, el Cadejo y otros seres de la mitología chapina que se niegan, hasta hoy, a ausentarse de la creencia colectiva.
Dos cuadras más adelante, don Layo López y su hijo Gundemaro ?machete en mano? veían hacia la calle del cementerio, indecisos sobre si tomar ese camino ó ir hacia la escuela, donde presumían, habría ido?
?¡Hey, muchá! ?gritó Maro cuando vio a los dos gurruminos que caminaban hacia ellos?. ?¿No vieron a un coyote serote por ahí? Se metió el hijuelagranputa al corral y se llevó dos gallinas ?anunció.
?¡Hijuelas! Seguramente es el que vimos por la casa de doña Trinis; se fue como que a la peña ?informó Baldomero.
?Pero no llevaba ninguna gallina; nos tuvo miedo y apenas nos vio y salió echo bala al río ?secundó Carlos con su clásica risa burlona.
?Sí, pues, como que sabía su delito porque casi se mata aventándose del puente; lo seguimos, pero nos tuvo miedo ?recalcó Baldomero con tal seguridad, que don Layo y Maro, por poco y les otorgan la Medalla de Valor al Mérito.
Ramiro, que para entonces era el conserje del Centro de Salud, confirmó la versión de los dos patojos.
?Sí, se fue para el río, hacia ?Los Molinos? ?dijo.
Y se unió a los dos chavales que tomaron la calle empedrada hasta llegar a la cantina de doña Geny. Los tres hablaron del coyote.
?Dicen que el coyote le pesa el cuerpo a quien lo ve ?comentó Ramiro.
?¡Son jaladas! Ni tiempo nos dio de verlo bien, juyó como alma que lleva el diablo ?dijo Carlos.
?Sí pues, no nos pesó el cuerpo ni le tuvimos miedo. Solo porque saltó el puente si no? ?secundó Baldomero.
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Cambio climático que destruye tradiciones en Palestina
Noviembre, arrancando entrañas para construir pasados
Todo empieza el 1 de noviembre con el vuelo de los barriletes...
Tres ya éramos multitud; al pie del robusto eucalipto, esperábamos impacientes que sonase el claxon del autobús de la empresa ?Tacaná?, cuya puntualidad era tan exacta que marcaba la hora en que los que desgajaban las mazorcas del rastrojo amontonado, empezaban a guardar su morral con jarros vacíos de atol, y a emprender el camino de regreso a casa.
Nosotros aguardábamos la salida de las patojas; no importaba cómo habrían de ir vestidas. Sólo merecíamos verlas, así de lejos y esperar la sonrisa cómplice que nos indicaba asentimiento de deseos inocentes. Era noviembre, mes en el que el cielo de Palestina se vestía de arbitraria pulcritud. Las nubes se escondían con la misma puntualidad con que Chus ?Cocina? atacaba a golpes de marro las campanas de la Iglesia de madera que nos marcó siempre el camino a una santidad que jamás conocimos.
Invariablemente, el azul del cielo invitaba a una tarde jarana que a fuerza de rezongueos, evitaba el frío calculador que anunciaba un diciembre flemático, aunque con sus ajetreos de fiesta y obligaciones provincianas que hoy se esconden ante una modernidad que ha cambiado el rumbo de las tradiciones y costumbres, lastimosamente.
Era un mes de agendas fiesteras. El América de don Chava Monterroso, el Comunicaciones de Arnulfo Monterroso, Gundemaro López y don Mario Escobar; el JUPA (Juvenil Palestino) de los patojos de segunda generación y el IDPA (Ideal Palestino) de los más güiros ?rechazados de las ligas mayores de los equipos de mayor tradición? solían celebrar fiestas de aniversario y otras bajo pretextos divertidos, en éste mes en que las nubes interrumpían su llanto para dejar que el sol hiciera de las suyas.
Sábados y domingos futboleros que muchas veces culminaban con trompadas, especialmente si se jugaba con el ?Maritza? de El Edén ó con San Rafael o San José. A veces, los resabios cancheros se reanudaban durante el baile de gala, ahora bajo pretextos de faldas. Eran las muchachas que, como parte de la tradición local, llegaban en calidad de basquetbolistas a enfrentar a los equipos femeniles de los cuadros enfiestados. Se volvían motivo de disputas sentimentales que a veces, nos hacían correr por todo el salón para encontrar la mejor posición y ver cómo los muchachos defendían su honor de hombre a punta de sopapos que por lo general, nunca daban en el blanco. Sucede que la ?Quetzalteca Especial? ó la ?Cabro?, ya había mermado su puntería.
Tardes de noviembre que no pasan aún a la historia y que buscan quedarse insertas en un momento que pretende ser dueño del tiempo. Tardes soleadas que raras veces se ven, ahora que el cambio climático nos ha despojado de la libertad de ser lo que otrora fuimos. Sí. A principios de noviembre estuve en Guatemala ?obviamente, aunque de pasada, en Palestina de los Altos?, y me sorprendió que en pleno 6 de noviembre, la lluvia mantenía su terquedad de no dar su brazo a torcer y no dejar aparecer el sol.
Años atrás, justo el 30 de octubre, las lluvias cesaban sin la menor variación; para el 1 de noviembre, cuando asistíamos al Cementerio General a honrar a los que se han ido, el sol se aprestaba a devorar la sabia y los néctares de las flores que poníamos sobre los panteones. En el tramo carretero entre la Esperanza ?Chiquita? y ?La Cumbre?, todavía se podía ver milpas verdes y tierras cubiertas de nabos y verdolagas, como si fuera junio. Lo mismo de Palestina a Santa Irene y San Antonio, San Isidro Chamac y otras aldeas de paso.
Cecilia García, periodista quetzalteca ?con quien viajamos a la ciudad de San Marcos para sostener una reunión de trabajo con colegas de ésa ciudad y San Pedro Sacatepéquez?, me contó que muchos agricultores tuvieron qué atrasar las siembras hasta junio e incluso, julio, por la falta de lluvias. ¡Se corrió el ciclo que antes, sin la menor variación, empezaba los primeros días de mayo!
Tengo la esperanza que todo vuelva a la normalidad. Mientras, queda en la retentiva, la indisoluble evocación que es motivo de ésta reflexión que nos lleva al pasado, pero al mismo tiempo, nos alerta sobre el futuro.
Como siempre, los palestinenses han tenido su propia concepción de la naturaleza. Al invierno llamamos verano y al verano, invierno. Así, mientras en otras partes del mundo, de noviembre a febrero es invierno, para nosotros era, y es, verano. Alrevesados si se quiere, pero era nuestra forma de conocer y vivir las estaciones del año. Y en verano, fuimos felices. El cielo nos pertenecía? Y nos sigue perteneciendo, aún con sus nubarrones impertinentes que indirectamente, nos culpan del daño que le hacemos a la ecología. Digo ?le hacemos?, porque aunque no talamos bosques ni alteramos el orden natural de la tierra, permanecemos impasibles ante los abusos y excesos de otros que, al amparo de leyes y autoridades blandengues, cometen.
¿En qué nos quedamos? ¡Ah, sí! En que las tardes de noviembre de hace veintitantos años, nuestras límpidas tardes nos eran propicias para las caricias solemnes que no daban acceso al roce corporal, pero sí al intenso fragor de miradas subrepticias que manaban amores profundos que muchas veces, el tiempo nos ha revelado? ¡Pa? qué pictes!, como decimos acá, en ésta ciudad que me ha cobijado de amores impredecibles y negados a decir. (?Pictes?, le dicen a los tamales de elote y suele pronunciarse la frase cuando a alguien le ofrecen comida cuando ya ha satisfecho las exigencias del estómago. O cuando a alguien le dan lo que ya tiene ó ya ha pasado el tiempo para cumplir una promesa ó realizar una acción.)
Tardes de noviembre que nos enseñaron, por boca e inteligencia de don Elmer Morales Velásquez, que el cielo y el infierno existen, como existe el viejo eucalipto donde le esperábamos para atender los dictados de la Iglesia antes de la Primera Comunión o para prepararnos para las loas a la Virgen de Concepción, el 15 de diciembre, víspera de la primer posada. Entonces, adoptábamos el nombre de una flor (siempre me tocó representar a ?mirto?) y en cada esquina del recorrido de la procesión, recitábamos un fragmento lírico muy apropiado a la ocasión. Era en noviembre.
Lo confieso ahora: me parece que no iba tanto por fervor religioso ?a pesar que fuimos educados en el catolicismo?, sino porque los ojos miel y el largo cabello de una hermosa niña, me traían arrastrando el alma. Espero que Dios ya me haya perdonado por ello. Y si no, ¡qué bello es pecar por amor! Aunque ya hice referencia a la anécdota en otro artículo de éste blog, vuelvo y la cuento; nos la contó don Elmer:
Dos amigos tenían serias dudas sobre la existencia del cielo y el infierno; hicieron un pacto prometiéndose regresar, una vez muerto uno de ellos y dar cuenta del lugar a dónde habría de ser conducido. Uno era bueno y otro malo. Murió el malo y desde luego, debía regresar a avisar su amigo bueno y decirle que en efecto, el infierno existía. Una noche, sobre la mesa del que había sobrevivido, tronó el manotazo del muerto y una voz que anunció: ?Sí, existe el infierno?.
?Quedó sobre la mesa la marca de la mano, como la marca de una plancha ?nos contó don Elmer. Desde entonces creo en el infierno.
Otra vez: eran tardes de noviembre, mes de azul despejado, mañanas serenas, tardes movidas y noches apacibles. Época de tapiscas y montones de milpa seca en los terrenos donde por las noches de fin de semana, junto con Carlos, Alejandro, Juanita, Chabela y Miguel Escobar; con Chepe, Nicky y Luís Morales, y mis hermanas Magda y One, quemábamos pie de caña sobre la tierra recién barbechada y saltábamos sobre las llamas. A veces se unían Franklin, Erik y Mincho Godínez.
Días de fin de año insospechados que hoy aparecen como poemas no recitados, momentos oníricos que deslumbran y al mismo tiempo, cierran ciclos sin romper el peso de la nostalgia que traslada, conduce a un tiempo que se resiste entender su marcha.
Noviembre, noviembre, noviembre. ¿Cuántas entrañas arrancó de nuestras vidas para seguir presente en el calendario y encender nuestras hogueras? Empezaba con los barriletes del Día de los Muertos; barriletes, atol de elote, arroz en leche, miel de ayote, mucún, fiambre, flor de muerto y tantas otras meriendas que a veces, en sueños, saben tan deliciosas que pareciera que no tenemos más opción que vivir el pasado en pleno presente.
Un noviembre que nos arrastraba a las pozas de los ríos a mostrar nuestras grandezas físicas; a mostrar nuestra inocencia. Mes que no vaciló en darnos lo que hoy es una historia renegada, pero historia al fin. ¿A poco no recuerdan aquellas noches de luna en que llegábamos al pueblo cargados de redes de maíz tapiscado? A veces en mulas, a veces en los camiones de los señorones que hoy son iconos insustituibles de nuestra bella historia. A veces, cargando el maíz en la espalda, con mecapales. Y si así es noviembre? ¿Qué decir de diciembre, cargado de olores de manzanilla, paches, pino, pitos de barro y tortugas? Imágenes de almanaques del año siguiente, colchas placeras. Estrenos inimaginables, serenos y luna llena de navidad y año nuevo, frías? Pero calurosas, llenas de festivas sombras de posadas y de robos de niños dioses. Pulgas de temporada (¿se acuerdan del pulguerío que se desataba en éstos días? Y más donde se convivía con chuchos macilentos pero adorados) que nos daba vida nocturna sin ficheras.
Noviembre? No olvidemos nuestro noviembre, nuestra Palestina, permanentemente embarazada de historias sueltas, gente de afinidad perpetua con el resto del mundo, gente de todas edades, filiaciones, creencias, apellidos. Noviembre. Palestina.
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En línea, revista conmemorativa por 75 años de fundación
Amplia visión histórica de Palestina de los Altos
Luego de varios intentos por encontrar un ejemplar de la revista conmemorativa de los 75 años de fundación de Palestina de los Altos, Juan Carlos Rivera Gramajo, periodista y locutor marquense -y amigo entrañable, con quién hemos trabajado juntos en diversos congresos, cumbres y demás reuniones de periodistas- puso en mis manos recientemente uno de los ejemplares que, según me contó, llegó a las suyas de manera fortuita. A modo de contribución para que muchos la puedan disfrutar, la he subido a la red, seguro que es un importante aporte a la cultura de nuestro querido pueblo. Debido a que el servidor donde ha sido alojada la versión electrónica de ésta solo admite cierto número de MB, la hemos dividido en dos partes. Así mismo, por razones de diseño y permanencia, he puesto las fotos en la columna derecha de su navegador para facilitar su localización cuando así lo desée. Que la disfruten. (Clicken sobre las fotos para poder acceder a la versión en PDF)
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Palestina de los Altos, un amor doloroso
Soledad y lejanía que atropella y tortura
Calle solitaria en el tiempo, preñada de recuerdos que hoy se desvanecen en una realidad que atora la sensibilidad y nos obliga a creer en el pasado.
Pocas veces se habla con el corazón? Pocas veces se abre el alma para decir lo que se siente. Un día, un viejo amigo y hermano de historia personal, me dijo que aún en medio de un millón de gentes, el despoblado es tan evidente que los rostros se vuelven polvo, como si todos ya hubiesen muerto. Se siente tanta soledad lejos del barro, la milpa, los laureles, los eucaliptos, los cerezos, los trigales, los pinos, los encinos, los alisos, las aves? ¡Hasta los zanates confirman su ausencia!
Es de madrugada éste domingo primero de noviembre. Intenté con poco éxito hacer una recopilación de los apodos populares que hicieron historia en Palestina de los Altos. Me volví loco tratando de recordar muchos de los que solíamos pronunciar en medio de las juergas publerinas. Pocos asistieron al llamado de la memoria. ¿Será que estoy perdiendo la noción de aquellos tiempos?
A mi lado, cuatro elegantes perros; tres de raza bóxer (madre, hijo y nieto que no han respetado la genealogía para empotrarse como lo que son: bestias adorables) y uno que compré recién nacido, en calidad de ?siberiano?, y resultó ser más corriente que el gasto del gobierno en asuntos sin importancia para el pueblo. Aún así, trata de fingir nobleza negra, como su largo pelo que a veces fastidia a la hora del semanal baño. ?Lobo?, es su nombre e inteligencia, su mayor don. Los otros tres no se quedan cortos. Parecen hablar con la mirada tierna y suspicaz.
Frente a mí, el bar repleto de botellas de toda clase de licor, separado apenas por la mitad de la sala y el comedor principal. Apetece un wiski; no, no, no. Mejor un tequila. Quizá un brandi o tal vez un coñac. ¿Un vino tinto? No se apetece el vodka, ni el martini. A la suerte (el refrigerador obliga al wiski, pues solo hay agua mineral y hielo; Coca-cola, sí, pero el ron no parece estar en condiciones de satisfacer una garganta sedienta? Y a un corazón dispuesto a recibir heridas), una botella de JB a la mano, se presta para convidar a un solitario regodeo embarazado de tristes lamentos, recuerdos ingratos y memoriales que van más allá de una novela escrita a fuerza de remembranzas que no hacen el intento de morir. Chivas Regal, Escocés, Johnnie Walker, Passport, Buchanas y mil marcas más, se aprestan a ser devoradas, pero gana el JB.
Costumbre o maña (?manía?, dicen los correctores de estilo y defensores idiomáticos. Afortunadamente, desde que Gabriel García Márquez decidió escribir con faltas de ortografía, todo se vale, según la Real Academia de Aduladores? Perdón, es Real Academia de la Lengua), dormir de noche para mí ha dejado de ser natural. Desde hace años, las correrías periodísticas en redacciones de tantos diarios como ha sido posible, me han creado la necesidad irrefutable de trabajar cuando todos duermen.
?Tu vida social empieza cuando los albañiles colocan el primer ladrillo del día?, me dice un compadre en son de broma cuando llega a casa con los periódicos del día, sorprendiéndome sentado frente al escritorio, tratando de enderezar al mundo, sin haber dormido un nanosegundo en medio de la oscuridad que a muchos aterra. Quizá a mi también, el miedo a la oscuridad me conduzca hasta los rayos del sol para mandar al descanso a un cerebro agotado por las ideas ajenas.
Trato de buscar en el tiempo la forma de regresar tan solo un segundo para instalarme en aquellos años extraordinarios en que solo tenía ojos para la mocedad, aquella época en que la soledad, la lejanía y destierro necesario, no figuraban en el futuro que hoy, ya es doloroso presente.
Soledad. Palabra que resume 45 años de brega por todos lados. Dije que hablaría con el corazón? Trataré sin arrepentirme mañana. Pienso en mis hijos, seres maravillosos que, con todo y sus formas de ser, son mi estilo de vida: amados hasta la paranoia, aunque a veces no lo entiendan, pero?
La soledad es terca; mi hijo menor, en el Distrito Federal mexicano, estudiando música. Mi hija mayor, en la facultad de medicina de mi ciudad, aprendiendo a sacar muelas. El más grande de todos, en Salcajá, componiendo el mundo de los rugidos. Yo, solo como todos los días, aprendiendo a hablar con las paredes, a preguntarle a éstas cuál es el clima de Palestina, quién ha muerto hoy, cuántos han regresado de la lejanía para volver a ser lo que yo no he podido desde hace veintitantos años.
Solo, en medio de una sala que me parece inmensa, fría y enajenada, insisto en recordar apodos y nombres raros. De los últimos, recuerdo a Teófilo, Nicanor, Toribio, Zenaida, Clorofila (sí, así se llama una condiscípula de la ?Rafael Lnadívar?, procedente de El Edén), Doroteo, Enecón, Bermidio, Honofre, Cayetano, Crispín, Remigio, Auroro, en fin tantos nombres raros, pero para nosotros, tan comunes como los tayuyos, tamales de masa de maíz y frijol que cocinaban el 3 de mayo, envueltos en hojas de canaque, el Día de la Santa Cruz.
¿Quién, fuera de aquella maravillosa tierra, no siente que la soledad le asola, atenaza y perfora?
Soy feliz, no lo niego; incomparables hijos (¿quién no ama hasta la saciedad a sus hijos?) que me dan tanta satisfacción como si hubiesen salido del vientre de la primer mujer del mundo. Pero aún así, la soledad marca sombras, motivadas en la lozanía de un pasado intenso que nos recuerda la piedra de donde fuimos arrancados por razones diversas.
Duele la soledad. Martiriza, atropella, tortura. ¿A poco no? Desde mi divorcio hace ya casi nueve años, por fin tengo una nueva pareja, rayana en la divinidad, si quiero y quieren. Me llena el espacio entre Dios y yo. Pero, la soledad del pasado, es, insisto, terca, categórica, definitiva, contundente, inconmensurable.
Aquel pueblito que nos enseñó solidaridad, compromiso, lealtad; que despertó nuestras ilusiones, que hizo que le necesitásemos permanentemente, provoca soledad ilimitada. Podrán sentir jolgorio por los triunfos logrados; lo he sentido cada vez que aquí, me hacen el favor de un galardón, de un reconocimiento, un premio, una estela de loas profesionales. Pero la soledad por el pasado, se niega a corresponder a un presente que oprime el espíritu, el alma, el corazón, hasta el desfallecimiento.
?No se puede tener todo en la vida?, suele decir una colega periodista cuando algo le sale mal. Tiene tanta razón que empiezo a creerle. Pero los recuerdos, se pueden tener siempre, aunque causen tanto dolor como una puñalada en el centro del corazón, cuando más alegre se está.
Entre la lectura del ?Miau? de Benito Pérez Galdós, canciones de Trigo Limpio, Raphael, Nelson Ned, salsa, vallenato y algunas de las breves interpretaciones de Alicia Azurdia, el sol poco a poco empieza a tomar su sitio en mi amplia ventana; las verdes cortinas intentan contener el calor y la intensidad de su luz. Ha amanecido otra vez. Otro día cargado de emociones, recuerdos y tantas tertulias en los cafetines de la ciudad, a donde acudo siempre, para enterarme de los chismes de política que más tarde, debo corroborar con mis fuentes que casi nunca me fallan.
El cenicero está repleto de colillas; la botella empieza a dar muestras de senectud. Mi página web que estoy diseñando, parece no dar para más. La noche me pareció corta. La furia contenida por la irresponsabilidad de los ?diseñadores profesionales? de páginas web, me tiene ya, sin cuidado. Tendré que hacerlo yo mismo y dejar de erogar más dinero por trabajos mal hechos o lo peor: incumplidos.
?Amor añejo?, con los Cardenales de Nuevo León se me acomoda como anillo al dedo. Suena con tanta fuerza que presiento que he despertado a mis perros. Añejo amor que mata, que duele tanto como la soledad, pese a respuestas sentimentales que ubican y retienen el tiempo, pese a promesas de amor que todos los días arrastran a una verdad tantas veces escudriñada y que dejan el mismo sabor de boca? Sabor a besos adolecentes.
Bueno, se me secó el cerebro, pese a los líquidos. ?No olviden al pueblito que nos dio todo?, pretendo decir en éste loco mensaje. No hagamos de los recuerdos una noche gris, sino un día repiqueteando de campanas, solaz; que la soledad no abata nuestras almas, pese a su pesada carga. Son momentos difíciles, vacíos, aún tengamos todo enfrente.
Viene a la memoria el tañer solemne, triste a veces, de las campanas pueblerinas, aquellas que anunciaban muerte, fiesta ó diversión. Imagino a Chus Cocina, montado en su caballo de madera, obligando a fuerza de tradición, el grito de los bronces que invitaban a ceder tiempo frente al tiempo mismo.
Se presenta además, el sonoro viento de la zarabanda, ahora que pasó el llamado ?Día de los Santos?, dedicado al recuerdo de quienes, cansados de la vida, pusieron pies sobre tierra, cuerpo sobre dolor.
Hojas rojas, ?cadenas? de papel morado, coronas de flores plásticas que rumoran fiesta de recuerdo, fiesta de nostalgia por los que fueron llamados a cuentas celestiales.
Pd.: Si recuerdan nombres raros y apodos en Palestina de los Altos, mándelos al correo de siempre para que recordemos juntos. ¡Va!
Pd. Dos: En la vida he soñado tener al amor de mi vida. Ahora he aprendido que ese amor es por Palestina. Es un amor doloroso. Me ha alimentado todo. Me mata, en todos los sentidos; es un amor incomprendido, un amor que llega y se va sin explicaciones. Ojalá todos sientan lo mismo por ese pedacito de tierra, tan grande, enorme y sutil, al mismo tiempo.
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El tiempo nos alcanzó, la modernidad nos está devorando
¿Fiestas Patrias o patrioteras?
El tiempo pasa con despiadada rigurosidad; hoy no sé cómo los patojos desbordan entusiasmo en las llamadas ?fiestas patrias?, cuya originalidad en los países donde se festeja el enésimo aniversario de la Independencia, se ha perdido en una modernidad que asfixia y termina por reordenar las ideas que nos dieron libertad, cambiando incluso, el principio rector nacionalista que nos enseñó a defender el suelo con sangre, empero hoy, desgraciadamente, es una realidad tangible: La invasión extranjera no sólo nos amenazó, sino que cumple su fatal designio.
Desde principios de Septiembre ??lo recuerdo como si hubiese sido ayer?? los ensayos para los desfiles, las odas a las insignias patrias, las representaciones teatrales y la conducción de la ?antorcha de la libertad?, se aceleraban de manera inmediata. Los maestros, seducidos por el nacionalismo cuasi puritano, obligaban al aprendizaje de los textos que enseñaban que la Patria era primero. (Nada qué ver con la propaganda política de cierto general sanguinario que propuso entonces, que ?Guatemala es primero?, frase que nos dejó profunda huella de dolor, sangre y muerte.) La ?jura a la bandera?, rito inmemorial, blandía su preponderancia en la víspera de la fiesta grande:
Bandera nuestra, a tí juramos devoción perdurable, lealtad perenne, honor y sacrificio y esperanza hasta la hora de nuestra muerte. En nombre de la sangre y de la tierra juramos mantener tu excelsitud sobre todas las cosas, en los prósperos días y en los días adversos; velar y aún morir porque ondees perpetuamente sobre una patria digna.
Henchía el alma y desprendía anhelos más allá de nacionalismos impuros; era patriotismo inmaculado, amor profundo por la tierra que nos dio identidad frente a un mundo embarazado ??entonces y como hoy?? de dictaduras torpes que habían creído que la raza entera estaba ??y está?? bajo sus botas. En fin? El 13 de septiembre, el contingente de antorchistas, partía a cualquier punto del país para arrancar con el recorrido de la antorcha de la libertad. Iban los más competentes en carreras largas (y los que tenían recursos para costear sus gastos). Al anochecer del 14 de septiembre, estaban ingresando a Palestina de los Altos con la antorcha encendida, simbolizando la libertad de todos los guatemaltecos. Iniciaba, entonces, la noche cultural. Comedia, cultura, arte? Una ocasión, cuando las mañas peculiares del pueblo nos habían atrapado, nos tocaba representar una comedia. En espera de los antorchistas, el tiempo nos comió el mandado. Varias botellas de Cinzano en la tienda de don Juan Peñalonso, nos mandaron al fondo de la modorra. Ebrios ??¡sí, ebrios!?? nos presentamos al Salón de Actos de Palestina y, como espectadores, nos sentamos en las últimas filas. Tocó el momento de nuestro acto y a la última llamada, nadie nos avisó? O no les escuchamos. Pasamos inadvertidos, como inadvertido pasó nuestro acto, que consistía en un musical con instrumentos caseros que incluía un ?violón? construido con un viejo bote de pintura ??de lata?? y dos ?cuerdas? de nylon. Latas de manteca oxidadas y un par de guitarras con cuerdas de acero inoxidable. Otras veces nos convertíamos en excelsos comediantes, imitadores del Chapulín Colorado e incluso, de Chalío, aquel cómico guatemalteco que nos arrancó lágrimas con su ?Brindis de un Bohemio?, clásico de Navidad y Año Nuevo. De aquellas noches entre culturales y divertidas, recuerdo a los maestros Corina, Otto, Gloria, Yolanda ??directora de la escuela??, Rudy y otros, cuyos nombres no se presentan a la memoria, conduciendo, ordenando y tratando que cada acto saliese a la perfección. Los errores se pagaban con tremebundos jalones de orejas cuando no, horripilantes estirones de patillas que nos enseñaron que los cabellos más largos, eran los de la parte cercana a la oreja, pues dolía hasta la planta de los pies cuando así castigaban. Entonces, éramos esclavos de nuestros padres y maestros? Hoy somos esclavos de nuestros hijos, lo que nos coloca como una generación sin parentesco con la educación de éstos. Desvelados, la mañana del 15 de septiembre, nos las arreglábamos para asistir al desfile, vestidos de gala. La banda de guerra consistía en unos cuantos tambores y redoblantes y de vez en cuando, alguna trompeta desafinada. Bastonistas, que eran las chicas más guapas del pueblo, hacían gala de sus impetuosas habilidades; los patojos, no escatimaban esfuerzos y creatividad en las ornamentas físicas. Cinco de cuclillas, tres firmemente parados sobre las espaldas de los primeros, y dos hasta la cima. ¡Era una proeza inalcanzable! Nadie, entonces ??eso creíamos??, nos superaba. Poníamos el corazón y las escasas fuerzas que se alimentaban de frijoles, huevos criollos y nabos. Nada fallaba. Nos vestíamos de héroes aldeanos que al final, nos dejaba tiempo para amar nuestro tiempo. Raras veces, en la tarde del 15 de septiembre, caía agua del cielo; y cuando ello sucedía, obligados estábamos a encerrarnos a esperar la compasión de San Pedro? O Chaac, dios maya de la lluvia. O talvéz, Tlaloc, el encargado de inundar lo valles aztecas, que empezaba a ser bien visto por la historia escolar de entonces. Lo cierto es que hoy, quizá nuestros patojos derrochen ?patriotismo? con grupos musicales extraños al fervor patrio e incluso, griten desaforados el ?¡Viva México, cabrones!?, que se retransmite la noche de la Independencia en los canales televisivos que trastornan con programas elaborados para tontos. Si ya de por sí las zarabandas marimbísticas han sido sustituidas por el ?pasito duranguense?, no intento dudar que hoy, nuestros patojos imploren por el alma de cualquier idolillo extranjero? Y quién sabe si no, de Michel Jackson. A este paso, me temo que se hayan olvidado de Dolores Bedoya, Basilio Porras, José Cecilio del Valle, Atanasio Tzul (muchos no saben quién fue Lucas Aguilar) y tantos héroes más. Cosas de la invasión cultural del norte al sur: En Guatemala han cambiado los sones por las rancheras y aquí, en México, las rancheras tradicionales de estas fiestas, han sido sustituidas por el reggetón y otras fanfarronadas musicales que nada tienen qué ver con nuestra identidad de latinoamericanos, de mestizos, pues. Nos ha invadido el extranjerismo. Nuestra hermosa bandera llama a vencer o morir, empero vemos que televisoras de habla española radicadas en Estados Unidos, nos han ganado la batalla. Triste realidad. Somos esclavos de ridículas telenovelas, culebrones predecibles que nunca terminan de enseñarnos la risible y eterna historia de la sirvienta que termina siendo la esposa del millonario, hijo del viejo bonachón y la suegra irracional. Historia repetida que nos recuerda que somos simples espectadores del mismo circo aldeano. Nuestras viejas y duras cadenas, no son el arado que fecunda el suelo, si no, espada que trastoca nuestro honor. ¿Hasta cuándo entenderemos el hilo de nuestra gloriosa historia? Perdonen mi intemperancia, pero se ha perdido la identidad; ?cosas de la red cibernética?, dicen los defensores de la pérdida del rico regionalismo que nos hacía diferentes aunque no nos distanciaba en lo fundamental. Hasta el lenguaje florido que nos identificaba, ha sido brutalmente cambiado. Antes decíamos ?chilero? para chulear algo; hoy los patojos dicen ?chido?, palabreja ridícula y sin ningún sentido. El tiempo nos alcanzó y se fue. Esa es la única verdad que tenemos para justificar nuestra ausencia de criterio para mantener nuestras costumbres y tradiciones. Somos, como dijera Mentford, ?historia sin más fundamento que un puñado de ideas sueltas?. En eso nos hemos convertido. Octavio Paz nos lo ilustró mejor: ?Los latinoamericanos, pareciera que aprendimos de una cultura sin conciencia y sin el menor sentido de responsabilidad nacionalista?. Agreguemos a lo anterior que somos muy prontos para olvidar lo aprendido. Aquellas raíces, aquel sentimiento de solidaridad (por lo menos eso) con la Patria, viene derrumbándose en la negligencia y el abandono. Triste, lamentable. Sólo en Palestina de los Altos, las fiestas patrias han cambiado radicalmente; Rafael, un amigo de ahí, me contaba hace un par de días que ya no se realiza el desfile el 15 de Septiembre, sino un día antes. Mal, muy mal. No hay más raíz que la que nos sembró para siempre en la historia pueblerina que hoy, nos obliga a pertenecer ahí. Por ello, indigna que en el recuerdo colectivo, la raíz se pierda en la vena controversial de una cultura que si bien es afín, no responde a nuestra identidad. No obstante, los recuerdos pesan más que las deslealtades patrioteras. Ojalá lo entiendan? Lo entendamos todos.
¡Ojalá que remonte se vuelo, más que el cóndor y el águila real, y en sus alas levante hasta el cielo, Guatemala, tu nombre inmortal!
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